CONSERVAMOS LO QUE TENEMOS EN LA MEDIDA QUE LO COMPARTIMOS
BETO ALVAREZ
Acompañar a Beto durante el proceso de construcción de esta exposición fue como entrar en un torbellino de posibilidades e ideas revueltas. El trabajo se construyó en un intercambio permanente, muchas veces vertiginoso y desordenado: un mensaje, un audio, una discusión sobre un color o un título, una idea que se reformula, una imagen inesperada, un chisme, un meme, un enojo, una opinión sobre la política o sobre el mundo del arte, una conversación sobre arte geométrico que podía derivar en cualquier otra cosa. Y de nuevo, volver a las obras.
Beto piensa hablando. Discute, desarma las palabras, vuelve sobre ellas. No negocia fácilmente con las formas ni con las ideas. El proceso fue por momentos caótico y contradictorio, pero también profundamente confortable. Había algo tranquilizador en poder no saber exactamente hacia dónde se estaba yendo, cambiar de opinión, equivocarse, insistir y probar otra vez. En medio de ese movimiento, sin embargo, algo persistía: una dirección compartida. Así las obras comenzaron a tomar forma: primero en los bocetos, luego en el taller y finalmente en la sala.
Esta exhibición nuclea un conjunto de esculturas que parecen conformar un séquito de armas que acechan a cinco objetos de pared. Estas obras se levantan en el espacio como un campo de batalla detenido. Las esculturas, hechas con hierro, irrumpen con la presencia de monumentos militares o reliquias industriales: cuerpos pesados, afilados, tensos, que parecen armas extraídas de una guerra imposible.
La geometría ocupa un lugar central en este universo. Triángulos, líneas rectas, tensiones diagonales y estructuras modulares organizan las obras como arquitecturas de confrontación. Existe en ellas una relación directa con la tradición de la abstracción geométrica argentina, donde la forma pura fue entendida históricamente como una promesa de orden, progreso y modernidad. Sin embargo, Beto desplaza esa herencia hacia una zona más áspera donde la geometría funciona como mecanismo de presión, amenaza y resistencia. Las piezas desarman la lógica utilitaria del arma para convertirla en un signo escultórico, político y poético a la vez. La materialidad contiene una fuerza todavía activa.
La sala se transforma así en un territorio ambiguo donde la monumentalidad convive con la amenaza y donde cada escultura se asemeja a los vestigios de una civilización obsesionada con el control y la fuerza, el hierro pesa física e históricamente. Y es justamente en ese peso donde la escultura encuentra su dimensión crítica.
Estas obras hablan de la posibilidad de transformar la fuerza. La violencia evocada por las formas ha pasado por las manos, por el pensamiento, por la discusión y por el tiempo de trabajo. Sostener una práctica artística es intentar sostenerse. Volver, cambiar de rumbo, destruir lo construido, empezar nuevamente. Encontrar e inventarnos maneras de habitar el malestar.
Hacer no elimina la violencia, pero puede transformarla. Puede darle un cuerpo, un peso, una duración. Quizás producir una obra sea una de las maneras posibles de permanecer en el presente sin quedar completamente sometidos a él.
Curaduría: Leonardo Sanchez